cuadro
Goya revela su maestría en el cuadra, tanto por el dominio de la luz
como por la sutil definición de las personalidades de los retratados,
destacando la capacidad del artista para analizar a sus retratados.
Destaca la pincelada goyesca, preludio del impresionismo. Fue la primera
obra de Goya que entró en el Museo del Prado.

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